Lo reconozco, soy muy testaruda.
Basta que me recomienden hacer algo para que se despierte dentro de mí ese "diablillo" que me empuja a coger el camino contrario. Se puede tomar como soberbia (que algo hay), determinación (que también) o, simplemente, el afán por no seguir al rebaño. Y, claro, a veces, el "rebaño" tiene razón.
Ya sea por uno u otro motivo, o por todos a la vez, me resistí como gato panza arriba a leer la novela "El Tiempo que nos Une" de Alejandro Palomas, hasta que, de repente, un día, porque sí, me decidí a darle una oportunidad.
En la novela, el autor nos presenta un universo femenino en el más amplio sentido de la expresión: las mujeres que integran una familia en la que los hombres hace mucho que dejaron de tener protagonismo, pese a que su huella sigue estando presente incluso en la ausencia.
Es un matriarcado dirigido con mano de hierro por Mencía, la madre, la abuela, la bisabuela, la fuerza, el sentido del humor y el sentido común hecho mujer y envuelta en un visón pasado de moda y de tiempo. ¿Seguro?
Según como yo lo veo o lo entiendo, Palomas nos desgrana a través de cada uno de los personajes femeninos, los papeles que desempeñamos las mujeres a lo largo de nuestra vida: la hija atenta, la hija rebelde que se parece demasiado a lo que la madre ansió ser, la hermana mayor, la hermana relegada en la atención de los progenitores por otra u otro hermano que reclaman más dedicación, la nieta que busca protección en los brazos de la abuela que la reciben siempre sin preguntas, sin motivos, sin porqués. La madre que intenta contentar a todos, a todos menos a ella. La abuela que, desde la distancia de lo vivido, relativiza todo lo importante para darle su justa medida, para permitir que vivas tu tiempo pero sin perderte de vista y sin dejarte caer, nunca. Todas hemos sido, en algún momento de nuestra vida, alguno de los personajes que describe el autor o hemos tenido cerca a alguien que desempeñaba uno de esos papeles.
Pero, también es cierto, que entre las mujeres de esa familia hay un cordón umbilical que no se rompe nunca, ese que es de hilo de seda, suave, flexible, cuando se trata de dejar tomar decisiones y fuerte como una maroma de un barco cuando lo que importa es mantenerse a flote.
Por suerte para mí, me sostiene una red de cordones de diversos materiales, todos ellos igual de fuertes y de suaves, según requiera la ocasión. No me agobian, casi no se ven, pero sólo necesito dar un tironcito, leve, muy leve, para que esa red se extienda bajo mi pena y me reciba, cálida, comprensiva, con un bálsamo de risas que mitigan cualquier problema y que me hacen sentir segura.
Para todas las que mantenéis mi red a salvo, gracias. Y ya sabéis, tan sólo es necesario un tironcito leve, y ese hilo de seda se transformará en un asidero tan fuerte como el cariño y el tiempo que nos une.
No necesito deciros más, me consta que sabéis, mejor que yo, leer entre líneas.
Esta vez el tirón del hilo lo he dado yo... :p Joe, pues habrá que leerlo... ;) :*
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