jueves, 14 de julio de 2016

Olvidé decirte quiero - Mónica Carrillo



En su novela, Mónica Carrillo nos relata, en un estilo casi epistolar, el recorrido vital que hace Malena, tras un terrible accidente de coche, en esa línea difusa que separa la vida de la muerte. Aparecen todas las palabras que dejó sin pronunciar, todos los abrazos que no dio, los asuntos que dejó sin terminar y que su mente va resolviendo uno a uno, para poder marcharse en paz. Pero, hay una voz que le recuerda cada tanto que tiene mucho que hacer aún y que no puede rendirse, la de su perrita Mía, una figura divertida, sorprendente, llena de realidad, con una simplicidad tremendamente complicada de llevar a cabo, se trata de vivir, nada menos.

Hace ya algunos años, tras una experiencia tremenda, pronuncié una frase que me ronda en la cabeza desde entonces "¡Qué fácil es morirse! Cierras los ojos y ya". El tiempo me ha ido demostrando que no siempre es así.

Cuando entras en un quirófano sin saber si saldrás con vida, siendo dolorosamente conocedora de que puede acabarse todo en un momento, te inunda una paz absoluta, ya nada está en tus manos. 

Al abrir los ojos, por fortuna, llena de tubos y de aparatos con sonidos que dan fe de que sigues viva, todo cambia. 
En ese momento, tu perspectiva es otra: se te ha dado una nueva oportunidad. 

Aprecias cada amanecer, incluso con lágrimas en los ojos; abrazas con el alma en cada ocasión, pues eres consciente de que puede ser la última, o no, nunca se sabe, pero por si acaso.

Reconoces y agradeces el cariño cada vez que se te da y procuras devolverlo elevado a la enésima potencia. No te guardas las cosas, ni para bien ni para mal.
Sientes la energía de los tuyos que marcharon antes que tu, que te conforta, te apoya y te da la fuerza para continuar.

Aprendes a despedirte de gentes y cosas que son innecesarias, que no te aportan nada, que te restan.

Valoras el amor de quienes te rodean, de esos que te dan la mano sin preguntas, que siempre tienen una sonrisa pronta y una caricia en la punta de los dedos.

Y sientes en lo más profundo de ti que has encontrado a tu compañero de vida, cuando te mira más allá de los aparatos que te invaden, del camisón de hospital (que, digámoslo claro, favorecedor no es), de tus ojeras, de tu lividez y te saluda con un "¡hola, guapa!". Si eso no es amor...

Hay personas que no aprenderían esta lección ni en mil vidas que vivieran, que no la aprendieron, de hecho, que se marcharon enfadados con el mundo por dejar todo lo material que acumularon y que no podían llevarse consigo.

Cuando la Parca venga a buscarme de nuevo, me encontrará ligera de equipaje, mis posesiones más preciadas vendrán conmigo, porque la energía del amor no se crea ni se destruye, se transforma.

Mónica, Malena y Mía me han llevado de vuelta a esos días y me han puesto en carne viva los sentimientos de entonces y que siguen presentes en mi estar y en mi ser.

He vuelto a pensarlo, ¡qué fácil es morirse! cuando tu corazón está en paz. Aunque la agonía sea larga y difícil y lo único que te ancla es el amor de los tuyos, te irás, te habrás ido con una sonrisa en los labios.

Es una lección de vida para la que no es necesario leer entre líneas.





lunes, 4 de julio de 2016

Los libros de Enfermera Saturada - La Sanidad Pública

No tengo Twitter. Lo sé, soy una antigua, pero es parte de mi encanto.

Supe de la existencia de Enfermera Saturada, Satur para los habituales, en un programa especial de "Hablar por Hablar" en la Cadena Ser, dedicado a quienes trabajan de noche. No desvelaré, a quienes no lo sepan aún, la identidad de quién se esconde detrás de ese seudónimo, simplemente diré que el "alter ego" de Satur conoce de primera mano lo que se "cuece" en los hospitales públicos españoles y lo plasma, con gran sentido del humor en sus dos libros publicados hasta la fecha "El Tiempo entre Suturas" y "La vida es Suero"; creo que el tercero está a punto de ver la luz. ¡Suerte, Satur!

Satur nos lleva de la mano a ver lo que hay detrás de la propaganda institucional de que "no pasa nada": hay recortes salvajes en la Sanidad Pública, señores y señoras, y quien no quiera verlo es que, por suerte para ellos, no han tenido que utilizarla en los últimos tiempos.

El destino quiso que estuviese en las consultas de un gran hospital de la capital cuando, debido a un accidente, trasladaron a un familiar en ambulancia a las urgencias de ese mismo centro hospitalario.

Como es lógico, salí zumbando hacia las urgencias, pudiendo estar con mi familiar hasta que llegó su cónyuge a quien no dejaron entrar dado que la enferma ya estaba acompañada (medida que entiendo, aquello no puede convertirse en una romería de acompañantes por enfermo).

Durante la mañana fueron haciéndole las pruebas pertinentes, incluido un preoperatorio completo (analítica, radiografía de tórax y electrocardiograma), indicios todos de que iba a ser sometida a una intervención para reducir la fractura que tenía de resultas del incidente. ¡Craso error!.

En principio el diagnóstico fue de rotura del hombro y posible rotura del codo, quedando "solamente" en fractura de hombro. Le pusieron un cabestrillo de los normales, no una inmovilización completa, no, UN CABESTRILLO DE GOMAESPUMA, para ver si así se reducía el dolor. (Pausa para que podáis cerrar los ojos y la boca, que los tendréis abiertos. ¿Ya? Pues sigo)

A todo ésto, la paciente, que es mi hermana pequeña, estaba en ayunas, sin poder comer ni beber absolutamente nada, en previsión de una intervención quirúrgica.

Pasó a verla la anestesista, para explicarle que, durante la más que probable intervención, sólo sería sometida a anestesia local, para introducirle un clavo que fijase la rotura. Pero ya le advirtió que, debido a las intervenciones programadas, iban a enviarla a casa (insisto, con el hombro roto y con los dolores que ello conlleva) para que esperase su turno para ser operada.

No queda ahí la cosa. A las cinco de la tarde (mi hermana ingresó a las diez de la mañana), se acercó una "señora doctora" (por llamarla de alguna forma) para darle el alta ("sic") y, aprovechando la coyuntura, impartir una clase de anatomía sobre la estructura del hombro ("cuando se habla de rotura de hombro, nos referimos siempre al húmero" -el resto de huesos que conforman la articulación deben estar en un tobillo-, "no hay peligro de que la fractura se desplace, porque hay un montón de músculos, tendones, nervios, etcétera, que hacen que no se mueva, salvo que usted mueva el brazo como si fuera a pedir un taxi") además de informarnos de que "no sabemos si le vamos a operar o no, se decidirá en sesión clínica mañana por la mañana". Ante nuestras dudas de cómo podría ser trasladada a su domicilio con garantías de que no tendría ninguna complicación, su contestación fue "damos altas así a diario, la gente se traslada en coche, taxi, autobús, metro, sin ningún problema, pero, si está mareada y no se puede mover, le pedimos una ambulancia". Increíble pero cierto. Recibió una llamada telefónica en la que la reclamaban con cierta premura, nos soltó el informe y se fue, dejándonos con la palabra en la boca.

Dado que sólo podía haber un acompañante, estaba yo con ella en ese momento, salí fuera para informar a su marido (y al mío) y ellos se declararon absolutamente en contra de que le diesen el alta. Pedimos las hojas de reclamaciones que serían tramitadas como corresponde, o sea, no en el momento y, ante la premura de la atención, requerimos hablar con el inmediato superior de la "señora doctora" o, en su defecto, con el jefe de hospital. Se les avisó y sólo pudimos esperar.

Nos encontramos con que los médicos que atienden en las urgencias son médicos residentes; con los recortes que nos ocultan, una guardia de un médico adjunto es muy cara y se cubre con un busca, ésto es, el médico está localizable, pero no en el hospital. 


La sorpresa fue que la "señora doctora" volvió, con muy malos modos, rozando la grosería, para inquirir "¿Qué es lo que pasa? Que estaba yo en el quirófano y me dicen que hay una paciente que no se quiere ir y no sé por qué, pues yo se lo he dejado todo claro" Todo ésto, a voces, en una sala de urgencias, ante una paciente transida de dolor y de angustia ante lo desconocido. Peeero... se encontró con la horma de su zapato. Le pedí que bajase el tono y la respuesta fue "ES QUE YO HABLO ASÍ"; para quienes me conocéis, ya imaginaréis mi contestación "ES QUE YO TAMBIÉN SE HABLAR ASÍ" dos puntos de volumen por encima. "Pues no voy a seguir discutiendo, puede venir quien quiera pero no van a rectificar mi decisión" dijo ella. Se dio media vuelta y se marchó. Y yo, también, pero a poner una reclamación por escrito, que es como debe hacerse, en contra de semejante individua.

Aparecieron después el médico adjunto (ya en el centro, con cara de fastidio por haberle hecho moverse de donde quisiera que estuviera) y el "presunto" jefe de hospital. Y digo "presunto" porque, pese a que se le preguntó su nombre, no nos lo dijo. Con mejores modos, pero con la misma altanería, el adjunto ratificó la decisión de darle el alta (entre bomberos no se pisan la manguera) y, ante mi insinuación de que a la "señora doctora" le faltaba algo de empatía, el médico adjunto, con las sienes teñidas de color gris, me contestó que a él no le pagaban por ser simpático... tal cual. No me pude resistir, ya había entrado en barrena, y le saqué de su error "he dicho empático que no simpático" En cualquier caso, no sirvió de nada. Según sus propias palabras "ésto es la Seguridad Social, no podemos discriminar a un paciente en favor de otro y su hermana puede ponerse en pie, con lo que, le damos el alta" El "presunto" estaba allí con unas ganas locas de marcharse, como si hubiese dejado un pollo en el horno y se le fuera a quemar. Tengo mis dudas más que fundadas de que fuese el jefe de hospital, primero por no dar su nombre, segundo porque no llevaba la identificación perceptiva (que es obligatoria) y tercero por la cara de susto con la que nos miraba a todos.


Conclusión, mi hermana se fue a casa, con su cabestrillo y su informe y a esperar, trece horas después. (Eran las once de la noche)

Al día siguiente recibe una llamada telefónica a primera hora de la mañana, para decirle que la solución ha de ser quirúrgica y que la volverán a llamar para que ingrese. Sin haber pasado ni diez minutos, recibe una nueva llamada para citarle para un TAC, necesario para la intervención, con siete días de demora.


Tras una semana de dolorosa espera, acude al centro hospitalario para hacerle un TAC y, ¡oh, maravilla!, resulta que ese día había PROFESIONALES trabajando, en un abrir y cerrar de ojos tenía un médico adjunto asignado, un médico con nombre y apellidos y una solución al alcance de la mano. Gracias a ellos supimos que:

- La "señora doctora" era una residente que no había dado traslado al expediente al servicio de traumatología, con lo que no tenía ni siquiera médico adjunto asignado.
- Las pruebas diagnósticas del preoperatorio no estaban en papel, sólo en el ordenador.

- En principio, figuraba en parte de quirófano como que iba a ser operada ese día, cuando lo que iban a hacerle era una prueba diagnóstica.
- No entendían cómo, ante tamaña lesión, podían haberla mandado a casa y llevar una semana sin intervenir.

Ante tal cúmulo de desatinos, los radiólogos se pusieron al habla con el especialista y todo quedó arreglado en un santiamén.


Al día siguiente recibió la llamada del hospital para ingresar esa misma tarde y ser operada el día posterior.

En el antequirófano, continuaron las sorpresas, el anestesiólogo junto con su residente, llegó con una sonrisa, se presentó, nos presentó a su residente, informó del tipo de anestesia que le iban a administrar y le presentó la autorización para que la firmase ¡porque tampoco estaba!

La intervención fue larga y complicada, la fractura era considerable y se necesitaba un especialista experimentado para llevarla a cabo. Afortunadamente ella está bien y en casa tras tres noches infames ingresada en una habitación minúscula y, pese a ello, compartida con una octogenaria demenciada que se pasaba el día y la noche a gritos. Por cierto, en la misma planta, había camas libres pero que estaban cerradas por ser verano (¿?)


¿Es ésta la tan cacareada Sanidad Pública que no ha tenido recortes?
¿Es éste el modelo de gestión que queremos?

Ante todo, quiero dejar claro que no es una queja contra la asistencia en urgencias por parte de médicos residentes, en absoluto. La queja va dirigida hacia ESA residente en concreto. En mi largo y tortuoso recorrido por los hospitales universitarios, he tenido la fortuna de encontrarme con médicos residentes amantes de su profesión, atentos, empáticos y hasta simpáticos; es más, uno de ellos me salvó la vida (y no es una manera de hablar).

Perdonad la extensión del post, pero necesitaba contarlo todo. En esta ocasión no hay casi opción para leer entre líneas.

Se os quiere










El tiempo que nos une - Alejandro Palomas.

Lo reconozco, soy muy testaruda.

Basta que me recomienden hacer algo para que se despierte dentro de mí ese "diablillo" que me empuja a coger el camino contrario. Se puede tomar como soberbia (que algo hay), determinación (que también) o, simplemente, el afán por no seguir al rebaño. Y, claro, a veces, el "rebaño" tiene razón.

Ya sea por uno u otro motivo, o por todos a la vez, me resistí como gato panza arriba a leer la novela "El Tiempo que nos Une" de Alejandro Palomas, hasta que, de repente, un día, porque sí, me decidí a darle una oportunidad.

En la novela, el autor nos presenta un universo femenino en el más amplio sentido de la expresión: las mujeres que integran una familia en la que los hombres hace mucho que dejaron de tener protagonismo, pese a que su huella sigue estando presente incluso en la ausencia.

Es un matriarcado dirigido con mano de hierro por Mencía, la madre, la abuela, la bisabuela, la fuerza, el sentido del humor y el sentido común hecho mujer y envuelta en un visón pasado de moda y de tiempo. ¿Seguro?

Según como yo lo veo o lo entiendo, Palomas nos desgrana a través de cada uno de los personajes femeninos, los papeles que desempeñamos las mujeres a lo largo de nuestra vida: la hija atenta, la hija rebelde que se parece demasiado a lo que la madre ansió ser, la hermana mayor, la hermana relegada en la atención de los progenitores por otra u otro hermano que reclaman más dedicación, la nieta que busca protección en los brazos de la abuela que la reciben siempre sin preguntas, sin motivos, sin porqués. La madre que intenta contentar a todos, a todos menos a ella. La abuela que, desde la distancia de lo vivido, relativiza todo lo importante para darle su justa medida, para permitir que vivas tu tiempo pero sin perderte de vista y sin dejarte caer, nunca. Todas hemos sido, en algún momento de nuestra vida, alguno de los personajes que describe el autor o hemos tenido cerca a alguien que desempeñaba uno de esos papeles.

Pero, también es cierto, que entre las mujeres de esa familia hay un cordón umbilical que no se rompe nunca, ese que es de hilo de seda, suave, flexible, cuando se trata de dejar tomar decisiones y fuerte como una maroma de un barco cuando lo que importa es mantenerse a flote.

Por suerte para mí, me sostiene una red de cordones de diversos materiales, todos ellos igual de fuertes y de suaves, según requiera la ocasión. No me agobian, casi no se ven, pero sólo necesito dar un tironcito, leve, muy leve, para que esa red se extienda bajo mi pena y me reciba, cálida, comprensiva, con un bálsamo de risas que mitigan cualquier problema y que me hacen sentir segura.

Para todas las que mantenéis mi red a salvo, gracias. Y ya sabéis, tan sólo es necesario un tironcito leve, y ese hilo de seda se transformará en un asidero tan fuerte como el cariño y el tiempo que nos une.


No necesito deciros más, me consta que sabéis, mejor que yo, leer entre líneas.